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jueves 27 de noviembre de 2008

"Mejor quédate callada" (one-shot) [Fire Emblem 7]

Resumen: Fire Emblem 7, Rekka no Ken. “Ella” otra vez. Maldición. A Erk le duele la cabeza y ya no sabe qué hacer para que “ella” calle de una vez. Se le ocurre una idea interesante. ErkxSerra. ExS.

Género: Romance / Humor.

Disclaimer: La gran mayoría de los personajes, los escenarios, las ideas, etc. de ésta historia pertenecen a Intelligent Systems. Yo solo los uso para divertirme escribiendo y divertir a los que leen. Lo hago sin fines de lucro.

Rating: T (+13)

En FF.Net: http://www.fanfiction.net/s/4442236/1/Mejor_quedate_callada.


Habían atravesado los caminos más largos y difíciles; se habían internado en los más profundos bosques; habían encendido luz donde antes sólo reinaba la oscuridad.

Y ella se quejaba de que le dolían los pies.

―¡Eres un pésimo guía, Erk! ―le recriminaba, con aquella voz tan aguda que conseguía sacarlo de sus casillas― Mis pies, mis pobrecitos y preciosos pies, están hechos un desastre. ¡Y todo por tu culpa!

El mago se esforzó por ignorarla. Cogió una de las bolsas de viaje del lomo de la mula, la abrió y sacó de dentro varios paquetes de carne seca.

En fin...era mejor que no comer nada.

―Erk, ¿me estás escuchando? ―seguía gritando ella, como una histérica, mientras él trabajaba en tratar de encender una hoguera― ¡Si ni siquiera has tenido la decencia de conseguir un caballo para esta delicada doncella!

―Sí, Serra, ya me lo has dicho. Varias veces ―respondió él finalmente, con voz de mucha, mucha paciencia. Ella inspiró hondo y se dignó a sentarse en el suelo del bosque, con un gesto tieso y lleno de mal disimulado orgullo.

Erk no acababa de entender cómo había sido tan estúpido de caer en aquello...otra vez. Pero, por supuesto, la perfectísima señorita Serra había querido ir a hacer una visita de cortesía a Pherae, y tenía que llevar escolta, ya que era MUY frágil y no sabía orientarse (lo segundo era muy cierto, como Erk ya había podido comprobar cuando ella se había ofrecido a guiarlos y los había metido de lleno en ese maldito bosque. Pero de lo primero ya no estaba tan seguro).

¿Por qué diablos Lord Héctor había tenido que escogerlo precisamente a él? ¿No había más personas en Ositia que pudieran dedicarse a la noble, estúpida y algo suicida tarea de soportar a Serra durante varios días seguidos?

Erk no lo sabía. Lo único que tenía claro era que le dolía la cabeza...y mucho.

―Encima, estamos perdidos ―y ella seguía hablando, con esa voz que le perforaba los oídos como un pitido permanente. ¿No había modo de hacerla callar, por Elimine y por todos los santos y santas del jodido cielo?― ¡Y en un bosque! Erk, es que ni planeándolo te habría salido peor. ¡Esa no es manera de tratar a una dama!

―Serra, por favor... ―intentó él, tratando de poner calma al asunto, pero no había manera; cuando Serra hablaba, Serra hablaba, y nada ni nadie podía impedírselo.

―¡No me vengas con excusas tontas! ―lo cortó ella, de un modo más bien teatral, mientras se sacudía el polvo y la porquería que se habían enganchado a su túnica.

―¡No son excusas! ―estalló él finalmente, alzando la voz con evidente enfado. Serra abrió mucho los ojos e hizo una de sus sonrisitas impertinentes.

―Vaya, Erky, te has enfadado ―hizo notar, con aquel tono altivo tan irritante―. Había llegado a creer que estabas hecho de hielo...pero eso da igual ―zanjó, con voz de sabihonda―, la cuestión es que la razón la tengo yo. Por supuesto ―añadió, sin la más mínima gota de modestia en su voz.

Erk suspiró, decidiendo que ya se había cansado de discutir, y logró encender fuego, al fin. Serra interpretó su silencio como que le daba la razón, y sonrió, satisfecha.

Mientras Erk pasaba la carne por el calor del fuego, la clériga siguió hablando, y hablando, y hablando...al mago lo sorprendía que no se quedara afónica, con tanta charlatanería.

―Este bosque es muy tenebroso, ¿verdad, Erk? Seguro que por aquí hay monstruos y espíritus malignos...pero ¡ay, de ellos, que osen acercarse! Los deslumbraré con mi luz maravillosa...este aire tan húmedo no me va bien para el cutis, espero que salgamos pronto de aquí. Antes he visto un bicho con muchas patas...¿has visto eso? Parecía un búho. Una vez leí que los búhos cazan ratas, como los gatos. No sé si creérmelo. ¿No crees que este peinado me favorece mucho? ―juntaba unos temas con otros con una incoherencia tan bestial que parecía intencionada, y Erk se limitaba a hacer “hm” y a asentir de vez en cuando, aunque en realidad no la estaba escuchando. Al parecer, a Serra le daba igual hablarle a una persona que a un árbol, ya que resultaba altamente improbable que no se hubiera fijado en que al mago no le importaba en absoluto nada de lo que le estaba contando.

Ni siquiera al comer fue capaz de estarse callada, y la irritación y el dolor de cabeza de Erk iban aumentando por momentos. Nada parecía capaz de acabar con su sinfín de habladurías sin sentido. Aunque, bien pensado, quizás si él...

La idea, por algún motivo, le gustaba.

Dejó la carne a un lado, pero Serra ni se fijó, porque seguía hablando, metida en su mundo. Tan sólo se detuvo cuando vio, con ojos desconcertados, que Erk se le acercaba y se sentaba a su lado. Alzó una de sus rosas cejas.

―Erk, ¿se puede saber qué haces? ―su voz chillona surgió de nuevo de su garganta, teñida de enojo― Te estaba hablando de... ―pero Erk se le había echado encima, buscando su boca, y había cerrado sus labios con los suyos, impidiéndole decir nada más.

Resultó ser sorprendentemente agradable. La rodeó con los brazos firmemente, por si trataba de escaparse, y profundizó el beso, recorriendo su boca con la lengua.

Ella no se lo impidió. Parecía estar en trance, o algo parecido, y no reaccionó; ni siquiera cuando Erk se vio obligado a liberar sus labios y a coger una bocanada de aire.

Serra se había sonrojado. Aquello ya era insólito, pero...

―Eh... ―...por una vez en su vida, Serra parecía no saber qué decir. No encontraba palabras con las que llenar el silencio―. Em...

―Mejor quédate callada ―le aconsejó Erk, antes de besarla de nuevo. Serra sí que respondió esta vez, con inesperado ímpetu, colgándose de su cuello y acariciando su lengua con la suya. Seguía demasiado conmocionada como para tratar de decir nada, y el cerebro de Erk lo agradeció antes de dejar de funcionar durante los siguientes quince minutos.

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