Resumen: FireEmblem 8, Sacred Stones. Las miradas pueden decir tantas cosas...como “te odio” o “te amo”...como “vete” o “quédate conmigo”. Seth/Eirika. S/E.
Género: General / Romance
Disclaimer: La gran mayoría de los personajes, los escenarios, las ideas, etc. de ésta historia pertenecen a Intelligent Systems. Yo solo los uso para divertirme escribiendo y divertir a los que leen. Lo hago sin fines de lucro.
Rating: T (+13)
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Había muchos, muchísimos invitados. Todos ellos iban vestidos con sus mejores galas, y se saludaban cortésmente unos a otros, generando una especie de mar multicolor que se movía, inconsistente, entre las paredes blancas de la sala de fiestas.
Eirika, sin embargo, pasó de largo la entrada sin fijarse demasiado, recorriendo el pasillo a toda velocidad. Se dirigía a la zona de las habitaciones, donde sabía que Tana, la pequeña y nerviosa Tana, estaba terminando de arreglarse para su boda.
Pero, como le pasaba mucho últimamente, Eirika llegaba tarde; se había entretenido más de la cuenta hablando con unos invitados, y ahora su distracción le pasaba factura. Maldijo mil veces su descuido; aquél era un día muy especial, tanto para Tana como para su hermano, y no debía andarse con tonterías (aunque, pensándolo bien, su problema no era ninguna tontería. Decidió no pensar).
—¡Tana! —dijo, mientras entraba en la habitación como una exhalación. Ni se le pasó por la cabeza que aquella actitud pudiera ser impropia de una princesa de Renais— Tana, lo siento...no me había dado cuenta de la hora que era...
—¡Hola, Eirika! No pasa nada, tranquila... —dijo Tana al verla, con una sonrisa temblorosa. Hablaba rapidísimo, incluso más de lo normal en ella, que ya era decir mucho. La habían hecho ponerse encima de un taburete, de pie, y dos mujeres le estaban ajustando y arreglando el vestido. Le temblaban tanto los pies como las manos, y a Eirika la sorprendía que lograra mantenerse en pie siquiera, aún menos encima de ese asiento minúsculo. Se le acercó, para calmarla.
Se quedó allí durante el siguiente cuarto de hora, charlando animadamente con Tana, hasta que el vestido de ésta estuvo listo. Entonces, las damas la hicieron sentarse y empezaron a ocuparse de su peinado. Fue en ese momento cuando Tana le hizo La Pregunta, con voz de sincera inocencia:
—Eirika, ¿ya has ido a ver a Ephraim? —pese a que no lo decía de modo acusador, Eirika se sintió culpable.
—Ern...pues no, aún no —confesó en voz baja, sintiendo como todas las preocupaciones y toda la infelicidad la invadían de nuevo. Desde que se había encontrado a solas con Seth, dos semanas atrás, había estado evitando a su hermano. Tampoco se le había hecho muy difícil, porque casi ni le veía el pelo; pero, las pocas veces que podrían haber hablado, ella había puesto toda clase de excusas de por medio por tal de no hacerlo.
Eirika no acababa de tener muy clara la razón de sus propias acciones, quizás porque no sólo era una, sino la suma de muchas de diferentes: el poco interés que él había demostrado por ella en los últimos tiempos...el temor a que leyera su amor por Seth en su mirada...la sensación de que ella ya no pertenecía a aquel mundo.
Pero había una razón mayor a todas esas, y que la afectaba tan intensamente que le producía pesadillas. Temía que Ephraim sucumbiera a la presión social y le pidiera que abandonara sus sueños, sus creencias, sus esperanzas y su espada. Eirika tenía el presentimiento, no tan descabellado, de que su hermano lo intentaría aquella misma noche, después de ser coronado rey. Porque entonces estaría por encima de ella...ya no tendría que pedir, podría ordenar.
Todos aquellos miedos regresaron a ella de golpe, como un río desbordado, con aquel simple y aparentemente inocuo comentario por parte de su amiga. Toda la comodidad y la falsa seguridad de los anteriores quince minutos se habían esfumado, dejando tan sólo la realidad, desnuda y cruel como era.
Tana debió de darse cuenta de que le pasaba algo, porque su expresión curiosa cambió a otra de muy diferente, llena de preocupación...y de recelo.
Fantástico, pensó Eirika. Su fama de loca también había afectado a su mejor amiga. ¿Qué más le quedaba?
En aquel preciso momento, sin embargo, Tana no podía moverse ni decir nada, ya que su “sesión de peluquería” se encontraba en un momento delicado. Le estaban estirando y alisando el pelo, recogiéndoselo en un moño muy, muy estrecho, y Tana apretaba los labios con fuerza. Eirika sabía, por experiencia, que aquel proceso dolía bastante.
Aprovechó la ocasión.
—Bueno, Tana, me voy a ver cómo va todo. Nos veremos en la ceremonia —le dijo de un tirón, haciendo un gesto que, esperaba, pasara como a imitación mediocre de sonrisa. Se escabulló por la puerta de la habitación, sintiendo aún la mirada de Tana clavada en su nuca, y se alejó de allí a la mayor velocidad a la que podía llegar sin parecer sospechosa.
Se encontró con mucha gente por los corredores del castillo; no era de extrañar, ya que la ceremonia que tendría lugar aquella tarde necesitaba de muchos preparativos; y era muy importante, tanto para las apariencias como para el orgullo del personal del castillo y de la realeza renaiseña, que todo saliera bien.
Pero a Eirika, tanta circulación de personas la ponía nerviosa. Incluso en las zonas menos transitadas del castillo, se encontraba continuamente con gente que le dedicaba reverencias o la miraba raro, por partes iguales. Y ella, que normalmente encontraba paz y consuelo en el silencio y en el frío de la piedra, en sus paseos solitarios, se sentía cada vez más frustrada.
Terminó por salir a los jardines exteriores y dirigirse hacia los campos de entrenamiento. Quizás tenía suerte y podía ver algún combate que la sacara de su hastío y de su abatimiento.
Aquel día, y debido a las celebraciones, el entrenamiento comunitario de los jóvenes (y al que Seth asistía diariamente como profesor) no tendría lugar. Era por eso que Eirika no esperaba encontrarse con él allí; y, cuando lo hizo, no estaba emocionalmente preparada para ello. Su corazón hizo un salto mortal antes de volver a su sitio, latiendo muy rápido.
Había distintas parejas y grupos de entrenamiento en el campo, pero Seth estaba solo. Golpeaba el aire con fuerza con su lanza, luchando contra un enemigo invisible, practicando movimientos y fintas. Estaba muy concentrado, y su frente brillaba por el sudor bajo el sol matinal. No llevaba su armadura habitual, sino otra de más pesada, con menos ornamentos. Eirika sabía que esas armaduras las llevaban los caballeros en las prácticas para fortalecer su cuerpo. Así, cuando llevaban la armadura normal, parecía que pesaba menos.
Eirika se quedó fascinada por aquella visión, y se sentó en los bancos de piedra que había al margen de los campos, sin dejar de mirarlo. El rostro de Seth, tenso por el esfuerzo, le parecía una imagen increíblemente sensual.
Para Eirika, aquello era un placer y, a la vez, la peor de las torturas. Desde que Seth y ella habían hablado por última vez (dos semanas antes, frente al despacho de él), ella había ido a verlo entrenar prácticamente cada mañana. Y sabía que no podía ser, pero el deseo de abrazarlo, de quitarle aquella estúpida armadura y de apretar la mejilla contra su pecho, se hacía cada vez más intenso e insoportable.
Pese a que cada día iba allí, hasta entonces el General no había demostrado que le importara, o que se hubiera dado cuenta siquiera. Aquel día también parecía demasiado concentrado como para fijarse en ella...y Eirika lo prefería así, aunque su instinto le dijera otra cosa. De lo contrario, se habría generado una situación muy incómoda entre los dos.
Y, aunque hubiera momentos en los que pensaba que era mejor abandonar, que sería preferible echar sus esperanzas a la basura, cada vez que lo miraba Eirika sentía el fuego renacer en su alma. El fuego de la rebeldía. El fuego del amor.
No, no se rendiría tan deprisa. Quizás lograra convencer a Ephraim, después de todo. Quizás lograra encontrar la paz, de alguna manera, en medio de toda aquella oscuridad. Aunque tuviera que...
...
Tiempo atrás, la idea, por sí sola, la hubiera horrorizado. Pero las circunstancias habían cambiado; ella había cambiado, y también su visión de las personas que tenía alrededor. Lamentablemente, empezaba a ver que no todo era tan perfecto como se lo habían pintado.
Sus ojos se concentraron, de nuevo, en la figura de Seth, quien estaba ejecutando un movimiento especialmente difícil. Se volteó...y la vio. Ella era la única persona que había sentada en los bancos, y su cabello celeste, incluso desde la distancia, resultaba inconfundible.
Seth se detuvo, y ambos cruzaron una larga, larga mirada. Eirika pudo sentir perfectamente como los ojos de él perforaban su alma de lado a lado; y él notó, casi en su propia piel, el fuego intensísimo que latía en ella. Incluso desde lejos, las miradas podían significar tantas cosas...
Y Seth y ella compartieron muchas miradas, aquella tarde. Durante la ceremonia, sus ojos se encontraron varias veces, aunque los separaban varios asientos. Y Seth no podía evitar sentirse culpable, pues sabía que él era el siervo y ella, la señora. Sabía que mirar así a su princesa, con amor...con deseo era algo inapropiado, del todo inapropiado. Pero, simplemente, no lo podía evitar.
Por su parte, Eirika tenía que reprimir el impulso de ir corriendo hasta él y rodearlo con sus brazos, aunque se encontraran en la presencia de centenares de personas importantes. Quería acariciarle el cuello, besarlo y susurrar en su oído su plan, aquello que se le había ocurrido, y que podría hacerlos felices al fin...pero aún era temprano. Aún existía la posibilidad, por ínfima que fuese, de convencer a Ephraim.
Tenía que esperar.
La espera duró media hora y tres minutos, exactamente. La media hora era lo que quedaba de la ceremonia; y los tres minutos, el tiempo que tardó el recién coronado rey en deshacerse de la avalancha de felicitaciones que le había caído encima.
Cuando lo logró, con toda la educación del mundo, lo primero que hizo fue dirigirse hacia Eirika. A Tana no se la veía por ninguna parte; seguramente también la estaban felicitando, y no lograba terminar con aquello con la misma elegancia que su marido.
Eirika no pudo dejar de notar algo raro en Ephraim, aunque no sabía si tan sólo era aquella noche o ya llevaba ahí varios días. Había alguna cosa extraña en su expresión, que estaba fuera de sitio. Por supuesto, estaba claro que se sentía feliz por su boda y su coronación, pero algo muy diferente ensombrecía su mirada. Eirika tan sólo podía tratar de adivinarlo.
—¡Hola, Eirika! —dijo él, con una jovialidad que no podría haber sido más falsa— Espero que estés disfrutando de las celebraciones.
—Por supuesto —respondió ella, con una voz educada y fría, muy diferente a su tono habitual, cálido y comprensivo—. Muchas felicidades, hermano. También felicitaré a Tana, cuando la vea. Antes no he podido porque os rodeaba mucha gente —se excusó, sin sonreír. No tenía caso intentarlo; sólo conseguiría una mueca, como mucho.
—Por supuesto —la imitó Ephraim, lentamente. Su expresión de falsa alegría se había congelado—. Por supuesto.
Se hizo un silencio incómodo entre ambos. Bueno, no exactamente silencioso, porque varias personas felicitaron a Ephraim de por medio; pero Eirika no abrió más la boca. Se había topado con un “panorama” que echaba para atrás, y no tenía muy claro qué hacer o qué decir a continuación.
Ephraim acababa de despedir a una noble de Jehanna cuando decidió quebrar el silencio:
—Eirika —ella lo miró, con aquella expresión indiferente que resultaba tan chocante en su rostro—, últimamente corren rumores muy...desagradables respecto a tu comportamiento.
Eirika despegó los labios, al fin.
—Soy consciente de ello —respondió, tan impávida como lacónica. Ephraim le dirigió una mirada dura como una roca; pero, en el fondo de aquellos ojos, Eirika apreció algo distinto, semejante a la decepción. Sin embargo, aquel brillo desapareció enseguida, y llegó a pensar que lo había imaginado.
—Pues si ya lo sabes, hermana, deberías empezar a tomas medidas, me parece —le reprochó él, con una voz tan rígida como su expresión—. Por poner un ejemplo, no sé, podrías dejar de llevar esa espada por todas partes —incluso para la boda, Eirika había traído una espada corta en su vaina, colgada del cinturón de su vestido. Había dejado el estoque en su dormitorio, para no llamar tanto la atención, pero no había soportado la idea de ir completamente desarmada.
—Me siento más segura si la llevo encima —le replicó a Ephraim, con frialdad.
—Las defensas del castillo son suficientes —respondió él del mismo modo. Hizo una pausa antes de dar el golpe de efecto:—. A partir de mañana, no llevarás ningún tipo de arma. No es propio de una princesa de Renais —no era una petición, era una orden. “¡Tú me enseñaste a luchar!”, quiso gritarle Eirika, pero se contuvo. Se limitó a dirigirle una mirada de ira, aunque el efecto se congeló tras su capa de buenos modales. Una capa impenetrable, que había ido perfeccionando a lo largo de años de vida cortesana.
—Como quieras, hermano —inclinó levemente la cabeza, en una burla indirecta de su recién adquirida “superioridad”, y le dio la espalda, perdiéndose entre la multitud. Su rabia y sus ganas de romper algo se estaban convirtiendo en lágrimas a una velocidad alarmante. Era Ephraim...su hermano gemelo...¿tanto habían cambiado las cosas?
Se detuvo y luchó por dominarse, hasta que las lágrimas se evaporaron, consumidas por su fuego interior.
Atisbó a Seth a lo lejos, y reunió fuerzas. Aquella era, probablemente, la decisión más difícil y más arriesgada que había tomado en toda su vida. Pero valía la pena intentarlo...para salvar, al menos, uno de sus sueños, ya que el resto se habían roto en mil pedazos.
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