Resumen: FireEmblem 8, Sacred Stones. Las miradas pueden decir tantas cosas...como “te odio” o “te amo”...como “vete” o “quédate conmigo”. Seth/Eirika. S/E.
Género: General / Romance
Disclaimer: La gran mayoría de los personajes, los escenarios, las ideas, etc. de ésta historia pertenecen a Intelligent Systems. Yo solo los uso para divertirme escribiendo y divertir a los que leen. Lo hago sin fines de lucro.
Rating: T (+13)
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Lo encontró en un rincón de la sala, solo, como siempre, mirando como la gente bailaba, comía y charlaba a su alrededor. Se había apoyado en la pared con aire distraído, y parecía estar meditando algo profundamente. Eirika se le acercó con precaución, no queriendo sobresaltarlo.
Pero él ya la había visto. Giró la cabeza para mirarla directamente y, aunque se le veía algo apagado, sonrió.
—Buenas noches, princesa —la saludó, con suavidad. Su voz sonaba un poco ronca, seguramente porque hacía mucho rato que no hablaba; y Eirika no pudo evitar sonreír también, pese a todo. Seth siempre hacía mejorar su humor, por muy desanimada o enfadada que estuviera.
—Buenas noches, Seth —respondió, acercándosele. Meditó su decisión por última vez; pronto, ya no habría marcha atrás. Y, sin embargo, no tenía dudas al respecto—. Seth... —pronunció su nombre casi con ternura, y pudo apreciar como los ojos de él se llenaban de aprecio, de un modo tan leve que apenas se percibía.
—¿Sí, alteza? —dijo, expectante. Eirika trató de poner en orden sus ideas.
—Acabo de hablar con mi hermano —comenzó, sin poder esconder su tristeza—. Y he podido comprobar lo que ya temía desde hacía tiempo...Ephraim ha sucumbido a la presión de los otros reinos.
—¿Qué queréis decir? —pidió Seth, alzando una ceja. Eirika también se apoyaba en la pared, y ambos estaban muy cerca, quizás demasiado cerca. Demasiado como para su propia salud mental, y sin duda mucho más de lo políticamente correcto. Pero Eirika no quería que los oyera nadie; y, en realidad, aquella situación tampoco le desagradaba.
—Yo siempre he sido diferente —murmuró ella. Su voz sonaba apagada, pero en sus ojos, la determinación seguía viva y llameando—. “Poco ortodoxa”, como dicen algunos últimamente. No me recojo el pelo, no me importa llevar ropa más o menos principesca, digo cosas que no tendría que decir y cargo con una espada por todas partes. Pero, ¿sabes?, cuando yo era más joven, eso no importaba... “Es sólo una niña”, decían, “Ya cambiará”. Pero ahora soy una mujer, mi padre está muerto y mi hermano es el rey. Renais se está recuperando de una guerra y, de repente, me he dado cuenta de que he vivido engañada. Me habían dicho que yo era importante en todo esto...pero es mentira. Lo único que quieren es casarme y deshacerse de mí, porque soy una princesa liberal, y eso no les interesa.
Seth parecía que empezaba a comprenderlo todo, y se la miraba como si la viera por primera vez. Eirika nunca le había abierto su corazón de aquella manera...de hecho, dudaba que lo hubiera hecho nunca con nadie. Sus ojos azules estaban un poco húmedos, pero parecía que ella no se daba cuenta, o le era igual.
—Ephraim me acaba de pedir, de ordenar, que renuncie a mi propia identidad. Bueno, en realidad me ha pedido que renuncie a una espada, pero eso es sólo el principio —sus palabras sonaban amargas, y aquello no era algo normal en ella. Eirika había cambiado mucho en los últimos tiempos...—. No soy capaz de soportarlo más, Seth. No puedo seguir encerrada en este castillo. Quiero irme.
Aquella afirmación golpeó a Seth como una maza. Tartamudeó:
—Pero Eirika...quiero decir, Lady Eirika...¿y vuestro hermano? ¿Vuestro país? —no parecía alarmado, sin embargo; tan sólo muy, muy sorprendido. Estaba claro que no se esperaba que Eirika, la tierna y amable Eirika, llegara a pensar aquellas cosas. Que llegara a plantearse abandonarlo todo y volver a comenzar.
—Tiempo atrás, cuando aún creía en todo esto, ni se me habría ocurrido abandonar mi hogar, mis responsabilidades —susurró Eirika, mirándose los pliegues del vestido—. Pero después de hacer tanto, de tantos sacrificios, después de haber salvado el mundo entero, de ser héroes incluso...me esperaba más. Me esperaba tener palabra en todo esto. Esperaba poder decidir —lo decía con doble sentido, y Seth lo captó enseguida. Comprendió que Eirika no se refería tan sólo al destino del país, o a su derecho de llevar o no llevar una espada. Se refería a su deseo de poner escoger a la persona al lado de la cual quería pasar el resto de su vida.
Y entonces entendió otra cosa, aún más importante si cabe. Le costó encontrar las palabras.
—Eirika... —había olvidado de nuevo utilizar su título, pero ni siquiera se dio cuenta. Estaba demasiado conmocionado—. Me...¿me estás pidiendo que vaya contigo?
La multitud que hablaba, comía y se movía a su alrededor pareció congelarse, desvanecerse, como si no estuviera ahí.
—Te estoy pidiendo si quieres venir conmigo —especificó Eirika, con una triste sonrisa—. Llevo pensando en esto mucho tiempo, Seth. La actitud de mi hermano esta noche no ha hecho más que hacer que me reafirme en mi decisión. Hay muchas cosas que me atan aquí —miró a su alrededor, con la mirada perdida en la memoria—. Pero la mayoría son recuerdos. Y puedo romper esas cadenas, quiero romperlas. Quiero empezar una nueva vida, lejos de aquí. Sin embargo, tú...
Hizo una pausa, como esperando que dijera algo; pero Seth se había quedado sin palabras, así que ella prosiguió:
—Seth, no puedo decirte que abandones tu vida. Sé que tienes tu trabajo, tus sueños, tus responsabilidades, y que has jurado lealtad a este reino. Tan sólo te pido que te seas leal a ti mismo —lo miró a los ojos otra vez. Estaban tan cerca que le dolía el cuello de mirar hacia arriba, pero aquello no tenía importancia—. Me iré esta noche. A medianoche —hablaba en voz tan baja que Seth tuvo que hacer un esfuerzo para oírla—. Si decides acompañarme, podrás encontrarme en los establos, los del sector oeste, que dan al bosque. Cogeré bastante comida como para dos personas, y una cantidad suficiente de oro. Si quieres, ven conmigo. Si no, quédate. No te lo reprocharé si lo haces —alargó la mano para tocarle la mejilla, pero la apartó enseguida, casi sin llegar a rozarlo. Le dirigió una última mirada antes de irse, dejando a Seth muy confundido, y pensando...
Vestía con unas ropas marrones y gruesas, y se cubría la cabeza y el rostro con una capucha. Cargó su equipaje (el poco que llevaría) a lomos del caballo gris, junto a las provisiones. Montó un segundo caballo, aún cogiendo las riendas del primero, y los hizo salir lentamente del establo.
Miró atrás, prometiéndose que sería la última vez. Las luces del castillo estaban casi todas apagadas, a excepción de los braseros de las murallas y alguna que otra antorcha fantasma.
No se fijarían en ella. A nadie le importaban un par de caballos en la oscuridad, y había escogido expresamente dos ejemplares de pelaje oscuro y discreto.
No la verían. No debían verla. No soportaría tener que regresar ahora que se había hecho a la idea de que iba a ser libre...al fin.
Y así, se alejó del castillo furtivamente, intentando hacer el menor ruido, sintiendo el aire frío de la noche acariciándole el rostro.
Pese a todo, su exultación quedaba empañada por una profunda tristeza. Y no se debía a dejar atrás a todos sus amigos, a toda su familia, a la tierra que la había visto nacer. No se debía al hecho de que estaba abandonando todo aquello que conocía para internarse en un mundo nuevo y extraño.
Él no había venido.
De hecho, tampoco había esperado que lo hiciera. Deseaba que fuera así, que su amor por ella fuera lo suficientemente fuerte, pero en todo momento había sido consciente de que era posible que su sueño, el mayor y el más bello de todos, no se cumpliese.
Pese a todo, estaba llorando.
Cuando estuvo a una distancia prudencial hizo que los caballos aumentaran la velocidad. Era importante que se alejara lo más posible del castillo antes de que amaneciera, o podrían encontrarla.
Sin embargo, llegó un momento en el que las lágrimas, unidas a la impenetrable oscuridad de los caminos, le impedían ver absolutamente nada. Así que detuvo los caballos y se sentó a pie de un árbol, abandonándose, finalmente, a sus propias penas.
Y lloró, lloró mucho, cubriéndose el rostro con las manos, sintiéndolas húmedas de su propio dolor.
Y entonces, como por un milagro, notó que un brazo cálido y reconfortante le rodeaba la cintura, y que otra mano le enjugaba las lágrimas. Abrió los ojos, y se encontró con otros, llenos de ternura y de cariño. Ojos castaños, ojos azules.
—Seth... —murmuró Eirika, sollozando, mientras le echaba los brazos al cuello y lo abrazaba con todas sus fuerzas, tal y como llevaba soñando desde hacía meses. Él no llevaba armadura, sino ropas de viaje, como ella; era fantástico poder sentir el calor de su cuerpo, tan cerca del suyo, sin nada que se interpusiera. Seth había dejado su propio caballo un poco más lejos, junto a los otros y Eirika pensó que realmente debía de haber llorado muy fuerte, porque no lo había oído llegar.
Estuvieron así, abrazados, mientras Eirika se calmaba poco a poco y su respiración volvía a ser regular. Finalmente, levantó la cabeza de su hombro y lo miró a los ojos otra vez. Aquella simple mirada le dijo tantas cosas...”te quiero”, “quédate conmigo”, “gracias”. Seth le devolvió el gesto de forma igualmente intensa, sintiendo que se deshacía por dentro.
Le había costado mucho tomar una decisión. Había trabajado duro y constante toda su vida para conseguir realizar su sueño, para convertirse en General y luchar por proteger a su país. Pero Eirika...Eirika era muy importante para él. Y tenía razón: ambos ya habían hecho suficiente por Renais, por el mundo entero. Se merecían poder vivir en paz...felices por el resto de su vida.
Aquella idea había sido la que lo había animado, finalmente, a tirarlo todo por la borda e ir a buscarla.
—Eirika... —susurró él, acariciándole el rostro con infinita ternura. Ambos sonrieron, casi al mismo tiempo—. Me he decidido. Iré contigo.
Los dos se levantaron, aún abrazados, y Seth guió a Eirika hacia los caballos.
—Debemos irnos de aquí —le dijo, con un matiz de urgencia. Se le veía extraño, sin armadura y bajo esa pesada capucha. “Atractivo”, pensaba Eirika, sonriendo por dentro, “y misterioso”—. Aún estamos demasiado cerca del castillo.
Así que montaron y retomaron el camino, juntos esta vez. Eirika estaba radiante de alegría; y Seth...Seth se había sentido culpable al abandonar el castillo, sabiendo del escándalo que causaría su huida y de la pena que caería sobre los recién casados al perder a su amiga, a su hermana. Pera al verla llorar bajo aquel árbol, al abrazarla y perderse en sus ojos azules, se había sentido más vivo de lo que había estado jamás. Y había decidido que ya era suficiente; que ya habían hecho bastante, y tenían el derecho de ser un poco egoístas y buscar la felicidad.
Cabalgaban hacia ella.
Se detuvieron cuando faltaba poco para que amaneciera. Acamparon en un bosque, lejos de cualquier lugar habitado, y, pese a que hacía frío, no encendieron fuego, por miedo a provocar un incendio. Las fronteras de Renais quedaban atrás, a unos cuantos quilómetros, y aquello los tranquilizaba; lo más seguro era que, al saber de su huida, las cerraran a cal y canto.
Comieron en silencio. Pese a todo, pese a que habían huido juntos y estaban completamente solos por primera vez desde hacía muchos meses, Seth y Eirika mantenían las distancias. Se miraban continuamente, pero no se tocaban. Aún no habían asimilado del todo la idea de que podían hacerlo sin problemas, sin culpa...sin consecuencias.
Sin embargo, cuando se fueron a dormir, Eirika se acercó a él, buscando su calor. Montaron una única tienda, y se acurrucaron, muy juntos, debajo de las mantas, abrazándose estrechamente. Y, de nuevo, fue Eirika la que se atrevió a dar el siguiente paso: levantó la cabeza, miró a Seth con toda la fuerza de su pasión y unió los labios con los suyos.
Perdieron la razón con aquel contacto. Finalmente, los llenó el júbilo, la certeza de saber que, a partir de aquel momento, ya no habría más barreras entre ellos dos. Se besaron apasionadamente, saboreándose, hasta que perdieron el aliento. De repente, el día ya no parecía tan frío.
—Oh, Eirika —dijo Seth con voz ronca, mientras hundía el rostro en su hombro. Ella gimió suavemente—. Te quiero tanto...tanto...
Eirika se estremeció al notar el aliento de él en el cuello, y le pasó una mano por el cabello rojo como el fuego, sintiéndolo sedoso y agradable entre los dedos.
—Yo también...te quiero... —le respondió, con la voz teñida de deseo, mientras lo abrazaba más fuerte. Sus piernas estaban entrelazadas, y era tan, tan agradable...
Eirika nunca había estado tan cerca de ningún hombre; y aquel hecho, combinado con el que se trataba de Seth quien la besaba y la acariciaba por todo el cuerpo, provocaba mil y una sensaciones en su interior. Se entregaron el uno al otro con avidez, como algún tipo de liberación después de estar tanto tiempo separados.
—Mmm...Seth —siseó Eirika cuando, finalmente, unieron sus cuerpos en uno solo—. Mm...llevaba años queriendo hacer esto contigo —él sonrió. Era una sonrisa pícara y juguetona que Eirika nunca le había visto antes. La hizo sentir bien.
—Yo también —murmuró él en su oído. Y ambos volvieron a entregarse al placer, al amor, olvidando de todo lo demás.
Décadas después, cuando la historia de la huida de la princesa y del caballero era ya casi leyenda, una muchacha llamada Ilriah llegó al castillo de Renais, pidiendo trabajar para su ejército. Nadie la escuchaba ni la hacía caso, pero el rey Ephraim pareció reconocerla y ordenó que la dejaran quedarse en el castillo. Tenía la esperanza de que aquella chica, que tenía una melena salvaje como el fuego y llevaba la rebeldía y la justicia en sus ojos azules, le permitiera enmendar el error que había cometido mucho tiempo atrás. Un error del cual se arrepentía profundamente.
Y, a la vez, la recién llegada alimentaba su ilusión de que, fuera como fuese, fuera donde fuese, ambos habían sido (y seguían siendo) felices.
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